miércoles, 11 de junio de 2025

FASE 1: Reconocer la herida - Día 4 – Entre lo que me diste y lo que no supiste dar

 

Día 4 – Entre lo que me diste y lo que no supiste dar

Mamá…

Hoy me siento entre dos orillas.
La orilla del amor que te tengo…
y la del dolor que me provocó lo que no supiste darme.

Es difícil hablar de esto sin que parezca que no agradezco lo que hiciste.
Pero mamá, te lo digo con el alma:
te agradezco. Y al mismo tiempo… me dolió.

Me diste la vida, y con ella tantas cosas que reconozco con cariño:
tus cuidados, tu esfuerzo, tus desvelos, tu manera de hacer magia cuando no había nada.
Me diste valores, dirección, ejemplo…
y una fuerza para resistir que hasta hoy me sostiene.

Pero también hubo carencias.
Momentos en los que me sentí sola, aunque estuvieras.
Frases que me hirieron más de lo que imaginabas.
Silencios que se sintieron como frío en el alma.
Reproches que me hicieron pensar que debía hacer más… para ser suficiente.

Y esa parte, la que no supiste dar, también la viví.

“No me faltó amor, mamá… me faltó sentirme amada sin condiciones.”

Hoy reconozco ambas cosas:
Lo que sí me diste —y lo abrazo con el corazón abierto—
y lo que no pudiste dar —y lo suelto sin rencor.

No lo hago para victimizarme.
Lo hago para dejar de dividirme internamente.
Porque durante mucho tiempo pensé que si señalaba lo que me dolió, era como traicionarte.
Y eso me llevó a callar partes de mí que hoy necesitan ser reconocidas para poder sanar.

Quiero agradecerte de verdad…
pero sin negar lo que me faltó.

Porque solo desde esa sinceridad puedo encontrar mi centro,
recibir la vida completa,
y abrirme a una abundancia que no me exija negar mi historia.

Mamá, no te culpo.
Y tampoco me callo más.

Te miro con amor,
y me miro con compasión.

Y desde ese lugar…
te doy gracias,
pero también me doy permiso.

Con respeto y verdad,
tu hija…
la que honra todo, sin negar nada.

martes, 10 de junio de 2025

FASE 1: Reconocer la herida - Día 3 – Cuando me convertí en tu apoyo emocional

 

Día 3 – Cuando me convertí en tu apoyo emocional

Algo que viví desde muy niña, y que hasta hace poco comencé a comprender:

Cuando no sabías qué hacer con papá, me pediste consejo.
Cuando llorabas, yo estaba ahí, tratando de consolarte,
aunque por dentro no entendía nada y solo quería que todo se arreglara.

Pero también te vi rota, y aprendí a sostenerte.

Sostenerte con mi silencio, con mi buen comportamiento,
con mis palabras cuidadosas, con mis logros, con mi presencia.

Yo era una niña.
También me perdí en un rol que no me correspondía.
Dejé de ser hija para convertirme en tu contención.
Y esa carga, aunque tú no la notaras, pesaba.

Sé que tú también necesitabas apoyo,
y yo era lo más cercano y confiable.

Pero ahora entiendo que ese lugar que ocupé me dejó vacíos…
Vacíos que, con los años, he intentado llenar buscando aprobación,
siendo “útil” para todos, cargando con responsabilidades que no me corresponden,
y, sobre todo: olvidándome de mí.

Me cuesta recibir si no doy antes,
me siento culpable si algo me llega sin esfuerzo,
y no sé descansar sin sentir que debo compensarlo con trabajo.

No te culpo.

Pero sí necesito devolver, simbólicamente, lo que tomé sin saber.

Hoy dejo de ser tu pequeña terapeuta.
Hoy vuelvo a ocupar mi lugar como hija:
ligera, plena y en paz…

Y tú también mereces que yo no te cargue más.

Tu hija…
la que ya no será más tu pilar emocional.

Mamá…

Hoy me atrevo a poner en palabras algo que por mucho tiempo no supe nombrar:

Me convertí en tu apoyo emocional.
Cuando te sentiste sola, me volviste tu compañía.
Te vi fuerte muchas veces…

Pero mamá…

Aunque me sentía importante al estar cerca de ti,
cuando me volví tu consuelo, me alejé de mi infancia.

Sé que no lo hiciste con intención.

Hoy reconozco que ese patrón ha afectado incluso mi relación con el dinero.

Mamá…

Hoy dejo de ser tu sostén.
Y lo hago con amor, no con reproche.

Porque merezco tener una vida propia,
con compasión.